Cerca de mí

Desde los cristales de la ventana entra una ligera luz que ilumina débilmente la habitación, suficiente para ver tu cara y tu cuerpo oculto entre claros y oscuros que parecen querer poseerte. Tu respiración es caliente y constante. Tu corazón late con un ritmo relajado como si también él estuviera inmerso en el sueño. Tus piernas rozan las mías a veces entrelazándose. Tu piel lisa y aterciopelada se abraza a la mía, transmitiéndome el calor y el olor de tu cuerpo. Los pelos enmarañados y esparcidos sobre la almohada te cubren parte de la cara. Siento la pesadez de tu respiración cerca de mí.
El olor natural y salvaje de tu piel acalorada, despierta mis instintos animales. Observo tus senos, grandes y redondos, cubiertos por la fina sábana de lino blanco. Me gusta mirarte cuando duermes, observar en secreto tu cuerpo de mujer. Pareces una niña dormida, sin ninguna protección, pero no estás sola, yo estoy aquí, a tu lado, para protegerte, defenderte, amarte.

Me vuelvo hacia ti y te miro. Tu cara está relajada, rendida ante la vida. No pareces tú sin aquella expresión preocupada, síntoma de pensamientos que te sobrepasan. Pensamientos que tienes que enfrentar y superar cada día para seguir adelante. Estás tendida en la cama con una mano sobre la cabeza apoyada en el cojín y la otra sobre la barriga. Me acerco a ti y te doy un suave beso en la mejilla, mojando mis labios con el sudor de tu piel. Tienes un olor que me turba. Tu cuerpo, aunque rendido a la oscuridad de la noche, continúa siendo provocativo. Me meto bajo las sábanas, como me sumerjo en la profundidad de un océano, y desaparezco. El aire allí debajo es más caliente y el olor de tu piel un poco sudada es más fuerte, más natural, más animal.
Deslizo lentamente la punta de mis dedos sobre tu cuerpo. Los apoyos su tu sexo siguiéndole la línea, y siento su carnosidad. Noto sus pálpitos, sus grietas, aquella leve protuberancia me excita. Subo lentamente y busco tu pecho, grande y mórbido, que rozo con mi mano sudada. Comienzo a acariciarlo con un movimiento lento y circular, rozando con los dedos los pezones grandes, duros, negros. Lo hago despacio, con un miedo tremendo, no quiero despertarte. Me excita acariciarte y besarte mientras duermes, inconsciente de lo que sucede.
Tu sueño es profundo, también tu respiración es profunda, tanto que ni te das cuenta de que estoy allí. Decido quitarte aquel trocito de tela que nos separa. Antes de hacerlo, permanezco unos instantes con la nariz apoyada sobre aquel trozo de tela que sabe a ti. Apoyo los labios encima como si quisiera comerlo, después tomo con la punta de los dedos los dos lados y comienzo a quitártelo lentamente. Una acción interminable, me parece tardar toda una vida. Los vellos negros como el carbón y cuidados a los extremo, resaltan sobre el blanco marfil de las sábanas de lino. Me excita la idea de que no sigas la moda y no te depiles totalmente. Mi miembro poniéndose duro, comienza a hincharse latiendo de deseo. Con una mano me hago un poco de espacio, alargándote levemente las piernas. Me acerco con los labios y comienzo a besarte con la punta de la lengua, dejando tras de sí una ligera estela de saliva. Te beso los muslos, el interior de los muslos, las ingles, me empujo lo más bajo posible hasta alcanzar el otro orificio. Voy después a fastidiarte el pequeño punto que parecía dormir, pero que al contacto se despierta y se endurece. Un líquido fino, con un sabor natural que sabe a ti, moja tu sexo. Sigues durmiendo arrullada por tus sueños. Me coloco encima de ti y sin tocarte con el cuerpo teniéndolo agarrado con la mano, dejo resbalar mi miembro duro y grande en la mitad de tu sexo, frotándolo y recorriendo de la cima a la base. Me hago espacio y haciendo un poco de presión entre los labios mojados, entro con la punta de mi miembro dentro de ti. Tus piernas se mueven y buscan una posición más cómoda. El placer si mezcla entre el sueño y la realidad, entre el rechazo y la aceptación, entre el abandono y el abuso. Me paro un momento a observarte, no te quiero despertar. Tus párpados realizan un ligero movimiento, pero no llegan a abrirse; estás demasiado cansada y continúas durmiendo. Con un gesto decidido tiro la sábana. La habitación está caliente y no notas la diferencia. Mueves otra vez las piernas y suspiras. No abres a sabiendas los ojos, pero percibo, una sonrisa maliciosa en tu cara.
Estás despierta, lo veo, pero te gusta jugar.
Remonto lentamente tu cuerpo con los labios, mojándote con la lengua. Llego cerca de tu cara y te beso los labios, el cuello, las orejas. Nos abandonamos los dos en un beso repleto de deseo, largo y apasionado, como si ya estuviésemos haciendo el amor. Con una mano tocas mi miembro, lo aprietas fuerte y te lo acercas a la boca. Teniéndolo agarrado con las manos, comienzas con avidez a chuparlo con tus labios y con tu lengua que parece tener vida propia. Te abandonas sobre almohada e me invitas a venir sobre de ti, quieres ser poseída. Te miro a los ojos, continúas teniéndolos cerrados. Te has abandonado y rendido a aquellas dulces sensaciones que te dan placer y te transportan a otro mundo. Estoy celoso del mundo en el que estás inmersa, tú eres mía y solo mía y no quiero compartirte con nadie. Entro dentro de ti, dentro, hasta el fondo. Abres la boca, endureces el cuerpo, y agarrándote con las manos a la cama, me hace espacio entre tus piernas. Comienzo a moverme con un movimiento circular y un ritmo cada vez más profundo y penetrante, pero lento. Te siento gemir de placer. Con los dientes te muerdes los labios, escondes tus gemidos sofocándolos en el cojín, y comienzas a mover las caderas siguiendo el ritmo. Me aprietas el culo, penetrando las uñas en mis nalgas, y haciendo presión me empuja con poderío dentro de ti. Te gusta ser poseída con fuerza.
Tus párpados se mueven velozmente y tu cabeza parece no encontrar un punto de apoyo. La levantas ligeramente hacia mí y buscas con la boca mis labios. Tu corazón late como el de un atleta, hasta que los sonidos se pierden y las palabras salen confusas de tu boca. Tu voz susurra frases que no llego a entender. Hay solo placer, deseo, abandono, la conciencia de saber que eres mía. Te aprieto fuerte hacia mí. El movimiento aumenta penetrante, tus suspiros se hacen cada vez más grandes, los gemidos crecen, se funden, se abrazan, se aprietan, se alargan y después se relajan. Llegamos juntos a un orgasmo lleno de amor, y nuestras almas se prometen de no dejarse nunca. Nos sonreímos y nos quedamos abrazados, sin aliento, como si hubiésemos ido a un mundo más allá. Y probablemente lo hayamos hecho. Y tú lo has hecho sin bajar de tu nube, sin salir de tu sueño, sin abrir los ojos. Me quedo con tu sabor intenso en los labios, que me llena la boca, la mente, la fantasía. Nunca he amado una mujer como te he amado a ti esta noche. Te he olido intensamente, te he rozado con la punta de la lengua, he vencido tu resistencia y te he bebido con avidez y con codiciosa pasión. He buscado el corazón de tu placer, y te he conducido allí, donde la fantasía y la realidad se mezclan para no reconocerse. He dejado que el ritmo fluyera en nosotros cada vez más implicado, más estrecho, más totalitario. He sentido tu respiración convertirse en un susurro y después en un gemido, y después de nuevo en un susurro para transformarse en un grito y apagarse en un profundo placer. La onda de tu pasión me ha colmado los sentidos y invadido el alma, haciéndome volar junto a ti. Has disfrutado de mí, en mí, conmigo; y yo he disfrutado de tu disfrute, y solo la débil luz del nuevo día, celoso de nuestro goce, ha podido aplacar nuestro deseo.

Abro lentamente los ojos en la penumbra, intentando entender dónde estoy. Las persianas entornadas de la ventana dejan filtrar la luz del día, que llega de un mundo que no nos interesa, que no nos pertenece.
Tú estás allí cerca de mí, estás de nuevo durmiendo. Los vuelvo a cerrar con un suspiro, y revivo las horas pasadas en aquel momento infinito. Muchas emociones me impiden pensar. No intento ni siquiera moverme por miedo a despertarte. Nuestros cuerpos sudados se adhieren al unísono en un placer mental imposible de describir. Con extremada delicadeza deslizo mi mano sobre tu espalda, rozándola dulcemente, y disfruto de ese contacto divino. Siento tu respiración calmada y pesada, que me transporta con los sentidos a un lugar de ese profundo océano cómplice y aliado de nuestros actos como de nuestros pensamientos. Intentas levantarte, pero te agarro por la mano y te tiro de nuevo hacia mí. Aún te deseo. Nuestras lenguas se buscan ávidas. Me deslizo entre tus piernas, las abro ligeramente y deseoso de tu sexo comienzo a chuparte. Te beso de nuevo en el centro del placer, deleitándome con tu sabor. Mi lengua entra dentro de ti como un miembro provocando otros suspiros que van poco a poco aumentando hasta que tu néctar inunda mi boca. Entonces mi ritmo se ralentiza y la punta de mi lengua recorre dulcemente tus labios. Agotado me abandono sobre ti que me abrazas acariciándome los pelos. Volvemos a cerrar los ojos felices y exhaustos, abandonándonos de nuevo al sueño. Tú, entre mis brazos apretándome, yo, con una pierna cruzada encima de tu cuerpo, para protegerte, defenderte, amarte.
Y el mundo ahí fuera… el mundo que nos espera, es un mundo que no nos interesa.
Y el alma pregunta.

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121 VICINO A ME ITALIANO

 

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EL amor

El amor es algo grande.

No es un acuerdo recíproco, un deseo de la voluntad, la necesidad de estar con alguien, o la alternativa a la propia soledad.

El amor es deseo, es pasión, es intriga, es la invisible complicidad que une dos almas nacidas para estar juntas.

Es la recíproca locura de querer vivir intensamente algo único.

El amor sin estos componentes, con el tiempo, se transforma en una banal y simple compañía por comodidad, o por conveniencia, o por interés, que nos robará la alegría de vivir ciertos instantes, la felicidad de sentir sensaciones profundas, la dicha de estar en sintonía con la proprio alma, el deseo del corazón de latir fuerte por lo que es verdadero.

Nos privará de la luz de nuestro rostro, de nuestra sonrisa, de nuestros ojos, que se esconderán tras una nube de tristeza.

Es fácil para todos encontrar el placer que satisfaga las exigencias del cuerpo, es difícil para todos, sentir placer dando al alma lo que necesita para vivir.

Pero si el alma se aleja del cuerpo, el amor se reduce a unos momentos mecánicos, repetidos y conocidos, que nos harán envejecer rápidamente.

Y esto vale por todos.

Y el alma pregunta.

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L amore IN ITALIANO

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Un Conductor de autobús.

Un conductor de autobús.

Dedicado a mis amigos venezolano que luchan por la libertad.

El objetivo de esta carta no es la esperanza de que cambie algo, porque no cambiará nada, sin embargo, mi deber ante tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta desesperación y muerte, es intentar hacer algo, y lo único que tengo a mi alcance es una pluma, es por esto que le escribo.

El pueblo venezolano es un pueblo fantástico, alegre, jovial, que ama la vida, feliz incluso con poco, porque sabe disfrutar de las pequeñas cosas. Desde que usted, Señor Nicolás Maduro, está al poder, se ven solo lágrimas, sufrimiento, dolor y desesperación. Pero ¿cómo es posible? ¿Dónde fue a parar el sentido humanitario?
¡Avergüéncese Sr. Nicolás Maduro! ¡Avergüéncese Sr. Presidente!

No puedo entender su forma de gobernar disimulando una grave enfermedad psicópata como la que sufre, no puedo entender su profunda ignorancia e incultura de la vida, no puedo entender su recóndito y oculto sentido de inferioridad, de inseguridad, de la ausencia de esa dignidad que distingue a un hombre pero, sobre todo, no consigo entender que un hombre, por grande o pequeño que sea, importante o banal, no apele a su conciencia humana y, en vez de querer ser recordado como alguien que ha hecho el bien, prefiera ser recordado como el dictador más estúpido, que consiguió destruir uno de los países más hermosos y más ricos del mundo, porque no supo hacer su trabajo como Presidente.
No puedo creer, escuchando sus demenciales discursos, que un hombre como usted tenga a una parte del pueblo venezolano, en su mayoría militares y políticos corruptos, que apoyan su vergonzosa política.
Cada vez que enciendo la televisión veo las caras sonrientes, los abrazos, los aplausos, los apretones de mano de ese numeroso grupo de personas que, junto a usted, gobiernan su país y se hacen llamar políticos.
En realidad, son hombres ridículos, como lo son todos los políticos.
Usted, Sr. Presidente, los conoce bien, puesto que siempre está rodeado de las gordas y sonrientes caras de sus seguidores. Sin duda, incluso mucho más corruptos que usted porque, con esas expresiones estúpidas en el rostro, también ellos, como hombres, no son nada. Payasos que han hecho del engaño una verdad por su interés personal y para mantener el culo en un cómodo sillón bien acolchado con el dinero robado al pueblo venezolano, a su gente.

El mundo es de los imbéciles, de esto no hay duda, y usted lo sabe bien. Para ser más preciso, debería decir que el pueblo venezolano está en manos de los imbéciles. Y no solo por la fuerza sobre yacente de su número, que va creciendo año tras año debido a la desenfrenada ambición de convertirse en alguien, de ser reconocido por las calles, de verse con alguna foto en los periódicos, sino también porque una pequeña parte de la sociedad venezolana está organizada en función de sus pequeñas y grandes exigencias, cada vez más pretenciosas.
Coches lujosos con chóferes bien vestidos, guardaespaldas no demasiado inteligentes, casas blindadas con cajas de seguridad rebosantes de dinero robado, reuniones secretas en lugares idílicos, secretarias que hacen de amantes, lujosos hoteles, desplazamientos en aviones privados, y miles de fotógrafos que, en lugar de ignorarlos, les aclaman, ofreciéndole todo lo necesario para poder aparentar una vida llena de compromisos importantes, decisiones revolucionarias, misiones con las que desean hacer creer al pueblo, que el destino del país que gobiernan cambiará, de manera que, cada uno de ellos, pueda decir que vale algo o que hace algo útil.
No! No! No…no Sr. Presidente Nicolás Maduro, no somos lo que pensamos, ni lo que decimos, somos lo que hacemos.
Lo que demostramos con nuestros hechos.
Estos maestros de la mezquindad, estos genios del pensamiento nulo, estos amantes de las palabras inútiles más que de los hechos concretos, estos parásitos corruptos e insensibles, son los políticos, son sus amigos, como el inseparable Diosdado Cabello, un desastre de hombre. Juglares que arrastran su imagen de un programa de televisión a otro sin decir nunca nada de concreto.
Una categoría de personas de las que un hombre mínimamente inteligente no se puede fiar, el pueblo Venezolano no puede fiarse de cierta gentuza.

Pero no deberían ser solo las personas que sufren, los más pobres, los ancianos, los niños que mueren de hambre privados de lo mínimo indispensable, quienes deben luchar contra semejante gobierno, contra un poder dictatorial ejercitado por usted, Sr. Nicolás Maduro, con una crueldad inhumana. Un poder ligado a la locura, al crimen, a la muerte, al sufrimiento que genera y que satisface solo su egoísmo psicopático, sino que también, y, sobre todo, para poner fin a aquellas injusticias, deberían intervenir las personas acomodadas, que tienen dinero, que tienen poder, y rebelarse para ayudar a su gente.
No estoy hablando de política, estoy hablando de humanidad y de piedad, estoy hablando de esa conciencia que en una de las naciones más religiosas del mundo no se ejerce.
¿Para qué sirve rezar si las palabras no vienen seguidas de hechos o de acciones que refuerzan esas palabras? Es como jurar en falso, solo los parásitos lo hacen.
Rezar sin tener la compasión de lo que sufren, es solo una actuación teatral. No son las palabras la que hacen de un hombre un buen cristiano, sino los hechos que siguen a esas palabras.
Pero ¿cómo es posible que, en uno de los países más religiosos del mundo, la gente que puede realmente hacer algo y que tiene el poder en las manos para hacerlo, no hace nada? Y no lo hace solo porque cree que su interés personal no será tocado, y miran con indiferencia cómo mueren sus amigos, sus compañeros, las personas que conocen aunque solo sea de vista.
¡Avergüéncese Nicolás Maduro! ¡Avergüéncese!
Y avergüéncese también usted Diosdado Cabello, que apoya un gobierno semejante. ¡Avergonzaos! No sé cómo sois capaces de rezar y agradecer a Dios cuando la indiferencia es vuestro peor crimen. El crimen de los miserables y de los oportunistas, que siempre juran falso.

Sr. Nicolás Maduro, su necesidad de éxito y de aprobación pública es prodigiosa, por eso no responde nunca a una pregunta y miente descaradamente evadiendo las respuestas. Por una parte, dice y promete aquello que los ciudadanos quieren escuchar, por otra parte, se esconde detrás de una falsa revolución bolivariana y alza el libro azul de la constitución venezolana. Pero usted es el primero que no la respeta justificándose detrás de falsas excusas para obtener la aprobación de sus aliados que, sin querer ni pensar, faltos de una personalidad propia y carácter, lo aplauden sonriente con sus gordas y untuosas caras.
Si estos imbéciles no existieran, no existirían las dictaduras, las guerras, los conflictos, la corrupción, el terrorismo, porque un único político, aunque esté dotado de un gran poder de convicción, nunca podría llegar a hacer algo solo, dado que su incapacidad individual le impediría tomar decisiones importantes. De hecho, su fuerza e influencia social deriva de la unión de estos individuos que, como usted, son auténticos incapaces.
Inútiles, para una sociedad que quiere crecer, que quiere progresar, que quiere mejorar, que quiere resolver los problemas de la pobreza, de la injusticia, de la miseria, de la desocupación, del miedo, del dolor, de la corrupción, que quiere resolver todos esos problemas que hacen poco digna la vida de cualquier ser humano que reclama de pleno derecho.

Sr. Presidente Nicolás Maduro, no existe una moralidad pública y una moralidad privada, la moral es una sola y vale del mismo modo y en igual medida para todos los seres humanos. Un derecho, que no escucha en absoluto ningún político que aspira a convertirse en inmortal.
Pero quien se aprovecha del poder, de la política, de la religión, para ganar sonrisas o aplausos, es una persona deshonesta, miserable, oportunista.
Usted que ha sido puesto al mando de su gobierno sin ninguna elección popular sino de un modo dictatorial, usted que siempre ha sido un simple conductor de autobús más bien inculto e ignorante, ¿no siente de vez en cuando la necesidad de cambiar, de intentar convertirse en un hombre admirado y respetado por los jefes de estado de las otras naciones, un hombre con cierto peso, una cierta sustancia, una cierta nobleza de espíritu? ¿Ha olvidado quizás sus orígenes? ¿O es que cree que ha llegado a ejercer la política por sus méritos? ¿Sabe que donde no existe mérito no existe tampoco la virtud? ¿Sabe que también usted, por muchas mentiras que diga, y por mucho que jure en falso y engañe a su pueblo, va a tener que morir? No comprará la inmortalidad, y lo que quedará de usted será la imagen y los recuerdos que habrá dejado de sí mismo a través de sus acciones.
¿Esto puede entenderlo?
La grandeza de un hombre, Sr. Presidente Nicolás Maduro, no consiste en evitar de equivocarse, sino en reconocer los propios errores cuando es necesario. Esta es la diferencia entre una persona grande y una que, independientemente de lo que haga, siempre será una persona despreciable.

Escuchándolo hablar en alguna conferencia en las calles de Caracas, hambriento de poder, ambicioso por ser recordado por sus predecesores, se podría fácilmente deducir que sus pensamientos no tienen origen en el cerebro.
La gente en su país muere de hambre porque no consigue encontrar los productos mínimos, los derechos sociales no existen porque una dictadura brutal, practicada por usted, ha convertido Caracas en la ciudad más peligrosa del mundo. No hay medicinas, los derechos humanos no existen, reina el terror, la desolación, el terrorismo, la delincuencia.
El sueño de cada venezolano de llegar a tener un país más decente, más digno, más soportable, pero, sobre todo, más justo, seguirá siendo una utopía.
Pero, ¿dónde quiere llegar? ¿Cuál es su objetivo?
En uno de los países más ricos del mundo no se encuentra ni siquiera papel higiénico, pero usted, Sr. Presidente Nicolás Maduro, vive rodeado de lujo. Aviones privados, barcos privados, cuentas bancarias en países europeos, viajes lujosos, todas las comodidades del mundo para usted y para su familia. Y para esconder su conocida homosexualidad, su mujer lo acompaña cogiéndole de la mano. Y mientras su pueblo muere de desesperación, usted sigue riendo, cantando, bailando, contando chistes, haciendo el payaso en la televisión, con la prensa, a través de vídeos, mostrándose como un verdadero inútil ante todos los jefes de estado de las demás naciones. ¿Y esto es para usted la demostración o el resultado de una revolución bolivariana?
Pero Sr. Nicolás Maduro, piense lo que dice antes de abrir la boca. ¿No ve que está obligado a tener siempre una foto de Hugo Chávez a sus espaldas o hablar en su nombre porque usted no tiene ni siquiera la personalidad de imponerse como hombre?

Al escucharlo hablar, créame, elimina inmediatamente cualquier duda sobre su mediocridad, porque no concreta nada de lo que afirma, y sus palabras no están nunca seguidas por los hechos. Pero usted lo sabe bien, Sr. Nicolás Maduro, el imbécil tiene razones que el inteligente no puede entender, por esto el mundo no le entiende.
Son los impostores, los oportunistas y los mentirosos, quienes usan la política, para sus intereses personales.
Son los tiranos quienes usan la política de la religión para su sed de poder, de monopolio y para el terrorismo.
Son los dictadores como usted, quienes usan la política de la ilusión para sus masacres colectivas, abusos y violencias.
Y si para alguno de sus mezquinos amigos o seguidores mi lenguaje es demasiado fuerte y mis palabras ofenden… entonces, ese “alguien” me tiene que explicar por qué existe en Venezuela tanta pobreza, tanta miseria, tanta rebelión.
Por qué tantos jóvenes mueren sin un motivo, solo porque quieren tener el derecho, un derecho que les pertenece, de ser hombres libres. Y la libertad, Sr. Presidente, significa poder elegir vivir la propia vida como uno considere.
¿Existe la libertad en su país? ¿Conoce el significado de esta palabra?
Entonces me tiene que explicar por qué en el mundo de hoy en Caracas, un simple resfriado representa una enfermedad incurable. ¿Por qué en un mundo donde se habla de justicia reina la injusticia, donde se habla de igualdad reina la desigualdad, donde se habla de ayudar reina la indiferencia y donde se habla de humildad reina la prepotencia?
La clase rica se ha transformado en la clase media, la clase media en la clase pobre, y los que eran pobres de verdad hoy mueren de hambre, los únicos que tienen privilegios son los militares corruptos. Un ejército de cobardes armado contras nobles civiles indefensos que luchan por un ideal. ¡Sí! Son cobardes come usted.
¿Sabe quién es cobarde? Es el que se justifica, el que tiene siempre una explicación para sus acciones, el que se esconde, el que no asume su responsabilidad, el que no nunca se enfrenta a la verdad, porque justamente es un cobarde.
El mundo está lleno de ese tipo de hombres que se juntan entre ellos, como se juntan las cucarachas para sentirse más fuerte. Pero… como su ejército de militares son cucarachas hagan lo que hagan.
Ninguno de sus fieles, una vez elegidos, han mantenido lo que habían prometido, es más, han sido siempre capaces de encontrar alguna excusa creíble para desacreditar esa promesa, masacrando al pueblo, robándoles la felicidad y la alegría de vivir.

La América del poder, está en manos de incapaces que quieren hacer guerras para ser recordados por la historia.
Los países árabes están en manos de apestosos terroristas barbudos que pretenden manipular el mundo con sus patrañas religiosas.
En los países africanos donde mucha gente muere por la calle, sus políticos gordos y presuntuosos iluminan las calles como semáforos en la noche de la cantidad de oro y brillantes que llevan encima.
Europa no tiene agallas, no tiene columna vertebral, es incapaz de tomar cualquier decisión. Piensa más en las apariencias y en las etiquetas que en cosas concretas, más en la forma que en la sustancia.
Usted lo sabe bien, Sr. Nicolás Maduro… también porque es muy probable que con el tráfico de drogas que ejerce libremente en su país respalde económicamente ciertos atentados de ese numeroso grupo de terroristas que han declarado la guerra hace tiempo. Han declarado la guerra a todo el Occidente. Una guerra que, según estos locos, en nombre de un fanático credo contra el capitalismo, o de una nueva revolución, les da permiso para asesinar, torturar, decapitar, degollar personas inocentes en directo televisivo, jactándose de sus bárbaros actos.
Nuestros políticos no se han dado cuenta aún de que este numeroso grupo de fanáticos aumenta cada vez más, dado que sus mujeres tienen hijos como conejos.
Nuestros políticos, en vez de actuar con una dureza que no deje escapatoria para castigar de manera ejemplar a estos parásitos, se reúnen tranquilamente sentados en una mesa de un lujoso palacio, para hablar de tolerancia, de equidad, derechos de igualdad y de oportunidad para aquellos que piensan diferente, de no discriminación intentando entender su filosofía de vida. Ya no sé quiénes son los verdaderos delincuentes.
Las cosas en el mundo seguirán yendo mal, muy mal, siempre peor, hasta cuando haya un hombre dispuesto a disparar, a degollar, a torturar, a decapitar, a bombardear, para obedecer una orden, un deber, una religión fanática, una imposición de otra persona que cree ser el benefactor del mundo o, como usted, Sr. Presidente Nicolás Maduro el portador de una gran revolución bolivariana. ¡Payasos!
La verdad es que sois demasiado sabios, demasiado arrogantes, demasiado oportunistas, como para que las cosas cambien. Os falta la humildad de entender que quizás lo estéis haciendo mal.
Sería necesario que el mundo estuviera gobernado por hombres inteligentes, honestos, leales, defensores de las clases más humildes y necesitadas, serenos al hablar y decididos al actuar cuando es necesario, lejos de los habituales beneficios personales y capaces de enfrentar un problema por el ideal de llegar a obtener un mundo realmente mejor. De la política deberían ocuparse solamente las personas con una cierta predisposición y sensibilidad para ayudar al prójimo, sensibles a los problemas de los demás, y no antes de haber superado un riguroso examen que permita detectar cualquier anomalía en la personalidad o excesos de fanatismo.
En su país, el político, cree estar a salvo porque piensa que esa trágica situación no le toca de cerca y vive inmerso en su cobardía e hipócrita indiferencia rodeada de sus símiles. Pero el tiempo le hará entender que se equivoca porque cuando uno está rodeado de mierda no puede evitar sentir el olor, y con el tiempo pagará las consecuencias de sus acciones y se dará cuenta de sus errores.

Antes, el mundo de la política se dividía entre aquellos que querían controlar la gente y los que no tenían este deseo. Los segundos eran los idealistas, y murieron con su sueño irrealizado. Los primeros, como usted, gente ácida, carentes de altruismo, de humanidad, de bondad, son los que vemos y escuchamos todos los días.
Cualquier sociedad compleja, y esto lo sabemos bien, no puede prescindir del político, así como no puede prescindir del barrendero, del fontanero, del carpintero, del albañil, solo que mientras estos últimos hacen un trabajo útil para la sociedad para ir hacia adelante y crecer, los otros, los políticos, están ahí para crear el problema para luego vender la solución y llevarse los méritos.
No he entendido nunca por qué, para ejercer cualquier profesión como abogado, médico, ingeniero, químico, cirujano, científico, matemático, se deben afrontar años y años de estudio y sea necesario someterse a una larga serie de exámenes para demostrar las capacidades, y para ejercer una profesión como chófer, albañil, electricista, pintor, es necesario realizar cursos durante años para aprender el oficio, mientras que para ser político solo es necesario disponer de un buen puñado de dinero para invertir en propaganda, conocer a alguna persona influyente, estar dispuesto a cachondearse de la gente con algún mitin o reunión que, normalmente, premia a los más charlatanes, dado que tienen una capacidad natural de decir estupideces, para poder introducirse en algún sillón influyente del partido.
Dedicarse a la política significa buscar el consenso colectivo, significa aprovechar cada ocasión buena o menos buena para intentar acaparar beneficios con innobles trucos, significa interesarse hipócritamente de los problemas del prójimo e intentar evitarlos, significa, en definitiva, prostituirse de la forma más escandalosa y perder la individualidad, el carácter, la propia personalidad y aceptar, de la forma más mezquina e innoble, mentir por el placer de hacerlo.
Como lo hace usted, Sr. Presidente Nicolás Maduro.
El político representa un estafador de alto nivel, porque sabe transformar la mentira en una verdad, para regalar una ilusión. Inmerso en el abuso de poder y en el descarado privilegio que goza, debería mantener el honor de los antiguos dones del pudor, de la verdad, de la justicia, de la igualdad, de la caridad para los más necesitados, sin embargo, nos ha escupido encima destruyendo el sentido de esas palabras. No le importa todo lo que le rodea, protegido por un caparazón tan duro que nada lo derriba.
Usted, Sr. Presidente Nicolás Maduro, cree que sea suficiente mostrarse optimista para que la gente tenga confianza en usted, o que baste condenar la ilegalidad y la injusticia con falsos eslóganes nacionalistas para que sea considerado un hombre honesto, o que recalque los propios discursos de buenas intenciones para que el pueblo Venezolano sea tan ingenuo de imaginarse que estas cosas ya están realizadas. Se equivoca Sr. Presidente, se equivoca. Pero usted es demasiado estúpido para entenderlo antes, y cuando se dé cuenta será demasiado tarde para su gobierno, porque cuando la búsqueda del poder está promovida por una carencia de identidad, el hombre no es nada, es menos que nada. El hombre deja de existir.
La vanidad de poner en primer plano, bajo la máxima popularidad, su persona como en el caso de su ejército de militares, gestionado por generales corruptos, induce a estos inútiles sin cerebro a la fuerte tentación de cometer los peores crímenes, masacres y actos terroristas en nombre de su ridículo credo. Por estos charlatanes, la armadura del poder y del éxito, sustituye la carencia de una identidad propia.

Y para terminar… dirigiéndome al pueblo Venezolano, quiero decir que hasta que un gobierno no deja de molestarte llamando con demasiada frecuencia a tu puerta, no te concede vivir de forma libre y digna, pero limita de forma ilegítima y dictatorial tu libertad de vivir, de ser y de expresarte… créeme amigo, cualquiera que sea el color, la idea, la simbología, la religión o el propósito de ese gobierno, es mucho mejor dejarlo enterrado en su misma basura, porque se trata de basura.
Siento mucha pena por lo que está sucediendo en vuestro país, se me encoje el corazón al ver gente en lágrimas que sufre, niños que no tienen nada para comer o ancianos que, en su dolorosa impotencia, sufren las injusticias de ese loco psicópata que se hace llamar Presidente.
Le digo al pueblo Venezolano que no se rinda, que no se rinda nunca, que luche hasta que le sea posible, porque hay una lucha superior al hambre y es la de la libertad, donde el hombre recupera su dignidad de vivir y de ser, esa dignidad que distingue a un hombre de una bestia.
Bestia al igual que vuestro Presidente.

Un saludo sincero a todo el pueblo venezolano.
Y el alma pregunta

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123 SIG PRESIDENTE- -IT

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Una pareja…

Están sentados justo delante de mí.
Desde esta distancia puedo observarles bien, consigo hasta escuchar lo que se dicen. Al verlos, uno junto al otro, parece que no tengan mucho en común.
Pero hay una cosa que marca la diferencia entre los enamorados, y es ese halo invisible que rodea ciertos personajes. Te hace percibir, a prima vista, si esas dos personas han nacido para estar juntas, o quizás ha sido solo un error del destino. Y el destino, de errores últimamente, comete muchos.
Demasiados para mi forma de ver las cosas.
A mí interesa observar sus gestos, la expresión de sus rostros, la capacidad que tienen de acercarse el uno al otro sin tocarse, sin hablar, con ese silencio que los hace cómplices.
El amor sin esa complicidad interior que une a dos amantes, no es mucho, diría que no es nada, porque después de un tiempo uno se aburre.

Él, levanta el brazo para llamar al camarero, que rápidamente le lleva el menú.
Lo examinan como si estuvieran estudiando un texto sagrado, consultándose sobre los precios y los platos, para dar a todo su justo valor. Pero no consiguen ponerse de acuerdo ni siquiera en las cosas más banales.
Ella lo mira, también él lo hace. Miradas debida solo a las circunstancias, carentes de significado, de profundidad, de amor. Una vez pedidos los platos, esperan en silencio con los brazos cruzados y con miradas hacia el vacio.
Ella come con la cabeza inclinada hacia el plato, lo hace como si estuviera obligada a hacerlo.
Él, de vez en cuando, levanta la cabeza como si estuviera saliendo del agua y tuviera que coger aliento. Mira a su alrededor, y la repliega rápidamente hacia el plato sin decir ni una palabra.
Por mucho que me esfuerce observándolos, no he todavía entendido si son amigos, si son amantes, si se odian a muerte o si se aman con locura. Deduzco que son mucho menos de todo esto, están juntos simplemente para hacerse compañía. Aquel tipo de compañía que juntas a los débiles carente de pasión, de deseo, de intriga, de alegría de amar. Aquel tipo de compañía, que no tiene nada a que ver con l amor y es solo el resultado por haberse rendido delante de la vida.
Cuando ella se levanta para ir al baño, él, con aire preocupado y con una actitud nerviosa, mira rápidamente los mensajes en su móvil, es evidente que no quiere ser visto. Cuando es él quien se levanta para ir a fumarse un cigarrillo fuera del restaurante, ella hace exactamente lo mismo. Quizás algo menos preocupada pero, sin duda, con la misma prisa para no ser vista.

Entonces… intento entender por qué lo hacen, qué los une, qué miedo les impide estar solos. Qué secreto tan bien custodiado hace que dos personajes tan anónimos, banales, evidentes, pueden, a los ojos de aquellos que no saben observarlos, parecer una pareja de enamorados. Quizás tengan más semejanzas que diferencias, quizás, conciben el amor de un modo totalmente diferente al mío.
Ninguno de los dos dice una palabra, hace un gesto afectuoso, o regala una sonrisa, nada. Una forma de comunicar muy insólita entre dos personas que dicen de amarse. Pero quizás ellos no se dicen ni siquiera esto.
A un cierto punto, ella sin una pizca de luz en los ojos, le dice algo, que no consigo escuchar. El la mira, les sonríe, y no le dice nada. Una ausencia total de emociones, ni siquiera un gesto que haga entender que son algo más que nada.
Rodeados por aquellos falsos protocolos que se intercambian para reconocerse, hablan de cosas que no conocen y de experiencias que no han vivido nunca. Son patéticos en ese banal intento de ser simpáticos. No tienen ni siquiera el coraje de decirse lo que piensa el uno del otro. De decirse la verdad. Aquella verdad tan importante para poder crear algo junto.
Viéndolos tan de cerca, observando sus manos cuidadas y los cabellos bien peinados, la piel del rostro estirada, me pregunto si también ellos un día tuvieron la posibilidad de ser diferentes, de cambiar su propio destino, de hacer latir sus corazones y de dar vida a sus miradas carentes de amor. Su relación no funciona y no les da la alegría que buscan, porque se convencieron, con la voluntad y el sentido común, que había llegado el momento de hacer algo, y por miedo a la soledad se casaron.
Sin saber que para ser feliz con alguien, antes, si tiene que aprender a ser feliz consigo mismo, a convivir con aquella soledad que te trasforma y te trasmite una nueva fuerza interior. Solo así la compañía será una elección y no una necesidad.
En sus rostros no hay ni siquiera la sombra de una pequeña arruga que marque, de una forma natural, una cualquier experiencia vivida juntas y que haya esculpido sus almas.
No beben ni siquiera del vino para no distraerse, y mastican tantas veces un bocado de comida hasta que pierde el sabor. Mastican incluso el agua porque así les han enseñado cuando eran niños. Son tan educados y compuestos que deduzco que follan sin hacer ruido y con la luz apagada, porque después de tantos años juntos aún se avergüenzan el uno del otro. No han entendido que, en cuanto sus necesidades superficiales sean satisfechas, las necesidades verdaderas de la propia alma llegaran a ser imperiosas.
Ella levanta el brazo para llamar al camarero y pide la cuenta, el abre la cartera dispuesto a pagar.
El camarero enciende la televisión.
Una pantalla gigante en la que, poco después, transmitirán un partido de fútbol. Es la señal de que debo irme. Necesito dar un paseo y sentir un poco de aire auténtico.

Una chica grita entre los brazos de su chico, que la ha cogido y hace un gesto como para tirarla al suelo.
Otra joven pareja. Se abrazan, se besan, gritan. Quizás están jugando. La dulzura de estos gestos me intriga y me acerco a ellos. Los veo sentarse en unos escalones delante del río.
Me siento a poca distancia de ellos para no molestarles, pero lo suficiente como para escuchar lo que se dicen.
Él, sentado en el escalón superior la abraza por detrás, le aparta el cabello y le besa dulcemente el cuello. Besos cargados de dulzura, de deseo, de pasión. Ella se ríe y se abandona entres sus brazos para sentir más ese mágico instante. Él la tira hacia sí mismo casi por miedo a perderla y le susurra, con un hilo de voz, algunas palabras en el oído.
• Mí vida sin ti no tendría sentido, vives dentro de mí en cada instante. No podría pensar en un momento en el que no estés. Eres mi único grande amor.
Ella lo mira y ríe feliz, apoyando la cabeza en su pecho.
• Eres mía, eres solo mía. Has nacido para mí. No te dejaría por nada del mundo. – Y sigue besándola dulcemente en el cuello.
• ¿Por nada? – responde ella girándose hacia el – ¿No me dejarías por nada?
• Me alejaría de ti solo si tú no me quisieras a tu lado. Saldría de tu vida para dejarte libre si este fuera tu deseo – y mientras lo dice, su rostro se pone triste.
Ella no responde, lo mira y le da un beso. Un largo beso cargado de ese amor que todos buscan pero que pocos encuentran.

No he visto nunca a nadie vivir un gran amor sin antes haber superado una grande dificultad que habría podido destruir aquel amor.
En definitiva, el amor, es una tácita alianza entre dos naturalezas formidables, inteligentes, diferentes entre ellas, que se estudian y mutuamente se temen intentando entenderse, para poder reconocer la identidad de cada uno de ellas que, bajo esa disparidad y diferencias, les une con un lazo invisible en una eterna alianza porque han sabido luchar juntos y juntos ganar sus batallas.
Y cuando, con el paso del tiempo, uno continúa a vivir en el corazón del otro, es la señal que te dice que es tu alma gemela.
Y el alma pregunta.

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UNA COPPIA IN ITALIANO

 

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Un domingo cualquiera

Aún me acuerdo de cuando vivía en un gran edificio de la periferia de una anónima ciudad, en un barrio pobre y popular. La peculiaridad de este edificio de hierro y cemento habitado por muchas familias provenientes del sur de Italia no consistía en su austera y fría construcción, sino en la forma. Las terrazas pequeñas y estrechas, construidas con las barandas de hierro, formaban pequeños cuadrados a través de los que el vecino de la planta de abajo, aguzando un poco la vista, podía ver al vecino de la planta de arriba, hasta llegar con la mirada a dos o tres plantas superiores.
En aquella época no tenía más de 13 años y amaba estar, sobre todo en primavera, cuando un leve viento daba un poco de alivio, sentado en mi terraza de la séptima planta, esperando a que Paloma, mi vecina de la casa de arriba, saliera a tender los trapos cuando hacía las tareas domésticas.
Paloma era de origen siciliano, de Siracusa. Una mujer caliente, pastosa y gorda, muy gorda. Tanto, que no he entendido nunca cómo las pequeñas barandas de la terraza pudieran soportar su peso. Amaba ponerse falditas cortas que a veces llevaba sin bragas. Tenía la piel blanca y el cabello negro. Más bien vulgar en los modos y en el aspecto, era muy simpática.
Creo que fue aquel cuerpo blando y enorme, de formas exageradas y desproporcionadas, lo que llamó mi atención durante el día, cuando hacía las labores, y de noche, cuando se iba a dormir.
Tenía su habitación justo sobre la mía y cuando mis padres dormían, con la escalera me acercaba lo máximo posible al techo de mi habitación y apoyaba la oreja para sentir qué sucedía en la habitación de Paloma.
En aquel edificio de cemento y hierro construido con materiales pobres y económicos se podía escuchar incluso cuando alguien respiraba.
Paloma, durante la noche, nunca estaba sola y su cama crujía continuamente hasta la mañana siguiente.
No he entendido nunca qué les gustaría a los hombres de Paloma, pero el hecho está que desde las 21:00 horas había siempre una ida y venida de hombres que entraban en su casa, a veces creo que más de uno. Escuchaba su voz que se prolongaba en balidos continuos.
Un día se casó con Pino, un hombre pequeño y delgado, peludo y con grandes bigotes. Trabajaba como mozo, en el supermercado de delante de casa. Era tan delgado que estaba seguro de que moriría aplastado debajo del peso de Paloma cuando lo hubiera abrazado.
Pino vestía muy elegante. Chaqueta y corbata, la camisa perfectamente planchada y los zapatos siempre lúcidos.
Los grandes bigotes cuidados y los pelos bien peinados, olía a lavanda. El pequeño hombre tendría que tener una fuerza insospechada, ya que Paloma desde que se había casado, por la mañana cada día estaba más sonriente, más feliz, más simpática y más gorda.
Pino debía ser un hombre más bien violento. Durante la noche escuchaba a Paloma gritar como una loca mientras Pino pronunciaba palabras obscenas. No he entendido nunca lo que hacían.
A veces encontraba a Paloma y Pino en el ascensor. Él no me saludaba nunca y se quedaba parado en silencio observando la puerta de salida. Yo, curioso, observaba a Paloma que me sonreía y me guiñaba el ojo.
De vez en cuando discutían. Paloma, como buena siciliana, era una mujer de carácter, gritaba y rompía los platos y vasos y golpeaba las puertas. Entonces Pino, sin decir una palabra, salía de casa golpeando también la puerta.
Cuando salía, Paloma enfadada salía a la terraza a fumarse un cigarrillo.
Yo me sentaba en la mía, debajo, observando a través de los cuadraditos de hierro el panorama que llegaba a ver bajo las falditas cortas. Siempre bonito y variado, ya que Paloma amaba llevar las bragas de distintos colores.
Un domingo por la mañana mis padres se fueron a ver a la abuela Giulia que vivía al otro lado de la ciudad. Ya que la abuela Giulia cada vez que me veía me besaba dejándome en la cara un rastro de saliva, yo preferí permanecer en casa con Filip, un pequeño perrito con el que me divertía mucho y pasaba la mayor parte del tiempo.
Paloma había tenido hacía poco una pelea furibunda con Pino que, como siempre, había salido golpeando la puerta de casa.
Corrí rápido a la terraza, esperando que Paloma saliese a fumarse el acostumbrado cigarrillo, pero esta vez no lo hizo.
Tras aproximadamente media hora de estar allí sentado, desilusionado volví a entrar en casa y me tendí en el sofá a jugar con Filip. Tras un rato, el timbre de casa sonó. No podía imaginarme quién hubiera sido, ya que a casa nadie venía a buscarnos nunca. Mi sorpresa fue grande cuando por el agujero de la puerta vi a mi vecina Paloma que con un vestidido corto de flores, esperaba que le abriera.
Tenía los labios rojos rojos, los pelos atados en la parte superior de la cabeza con un gran elástico negro y los botones del vestido estaban casi todos abiertos. Podía ver sus grandes senos sostenidos por un sujetador negro.
Aunque un poco intimidado por aquel aspecto tan violento y audaz, decidí igualmente abrir la puerta.

— ¡Hola! —le dije manteniendo la puerta semiabierta.
— ¡Hola, pequeño! —Me respondió sonriente Paloma—. ¿Tendrías sal para prestarme?

Sin responder, la hice entrar en casa, ya que sabía que mi madre tenía un bote de sal en las estanterías altas de la cocina.
Le di la escalera y Paloma, atenta de no caer, apretando el gran culo que se salía con cada paso, subió lentamente hasta el último escalón.

— ¿Me la puedes aguantar abajo? —Me pidió con una sonrisa—. Tengo miedo de caer, esta escalera se mueve.

No me repitió dos veces, me agarré a la escalera con toda mi fuerza.
Desde abajo podía observar el espectáculo a una distancia cercana. Paloma no llevaba puestas las bragas, era un espectáculo fantástico.
Ella se dio cuenta de mi mirada, como estoy seguro de que se había dado cuenta también cuando la espiaba en la terraza o cuando bajaba las escaleras o en el ascensor. Siempre se daba cuenta de todo.

—Siempre me miras, ¿eh?

Yo no respondí y note cómo la cara se me puso roja.

— ¿Te gusto? ¿No soy demasiado vieja para ti? ¿No me ves muy gorda?

Yo movía la cabeza haciendo una señal negativa.
Paloma comenzó a bajar las escaleras moviendo la cabeza a derecha e izquierda para no tropezar.
Apoyó el bote de sal en la mesa y sin decir nada, me cogió por una mano y me tiró detrás de ella, sobre el sofá.
Me empujó hasta sentarme, se arrodilló delante de mí y me desabrochó los pantalones. Yo permanecí inmóvil sin hablar, observando la escena todo el tiempo.
Tras cerca de tres horas salió de mi apartamento con el bote de sal. Me guiñó un ojo y sonriéndome, añadió:

—No se lo digas a mamá, tiene que ser nuestro secreto.

La vi alejarse, contoneándose hacia el ascensor.
Nunca más he ido a ver a la abuela Giulia y tampoco he salido con los amigos cuando me invitaban a jugar al fútbol.
El domingo prefería permanecer en casa tumbado en el sofá, esperando a que Pino y Paloma volvieran a pelear.
Afortunadamente, las peleas se hacían más frecuentes y él salía golpeando la puerta y sin decir una palabra.
Y Paloma siempre necesitaba sal.

Y el alma pregunta.

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Una domenica qualunque IN ITALIANO

 

 

 

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Para ti.

Para ti.

Gracias amor mío por haber desafiado a todo el mundo junto mí, por haber buscado otra vida junto a mí, por haberte equivocado, y luego haber pagado incluso más aún, junto a mí.
Gracias amor mío porque sé que este amor no podrá terminar nunca, aunque el mundo se esté derrumbando a nuestros alrededor, no lloraré sino que de alguna forma conseguiré… continua.

Era la música que amabas escuchar, la banda sonora de la película (Love Story). In italiano, para ti era bellísima.
La vimos juntos muchas veces tumbados en el sofá de mi casa. Estas dos estrofas me las cantabas siempre, como si fueran un mensaje en código. Lo eran.

“Perdóname amor, perdóname amor mío. Solo ahora entiendo el por qué. No sabía, no habría podido nunca saber, conocer, entender, lo que me querías decir, lo que vivía dentro de tu corazón”.

Cuando te vi la primera vez, aquel lunes lluvioso en casa de unos amigos, nunca habría pensado que aquel banal encuentro se habría transformado con el tiempo, en algo más que una simple simpatía. Tú habías terminado hacía poco una historia con tu chico de siempre, yo atravesaba un momento de la vida en el que no quería a ninguna mujer junto a mí. Cada uno de nosotros estaba tan distante del otro, que habría sido difícil para cualquiera poder imaginar que, precisamente desde aquella tarde, habríamos tenido ganas de volvernos a ver.
Me acuerdo que, mientras tu huías como una anguila de esos hombres que, a tu alrededor, intentaban acercarse a ti atraídos por aquel vestido de seda negro que llevabas con desenvoltura, yo, a diferencia de los demás, intentaba evitarte.
Me fastidiaba esa forma tuya de caminar sobre aquellos zapatos rojos de tacón alto. Me fastidiaba esa forma tuya de actuar con esas gafas transparentes que llevabas para darte un aire intelectual. No soportaba ver esos labios tuyos pintados de rojo que destacabas cada vez que comías un bombón, o esa forma tuya de reír para enseñar esos dientes tuyos blanquísimos, o de mirar para resaltar tus ojos verde esmeralda de cervatillo asustado. Y luego, esa odiosa manía que tenías de tocarte el pelo recogido con esa gomilla, realmente no lo soportaba.
Y tampoco soportaba esa respiración profunda tuya que hacia resaltar tu pecho de las formas perfectas.
Ese espectáculo teatral ya visto, conocido y repetido por muchas mujeres que te han precedido en mi vida, me fastidiaba terriblemente. Odiaba esa explícita presunción tuya de mostrar a todos que eras bellísima. Porque a decir verdad, lo eras. Para mí eras la más bella.
Solo después, con el tiempo, descubrí que aquello que aparentemente parecía tu fuerza, era en realidad una armadura para defender esa debilidad, esa inseguridad, esa timidez que se escondía tras la superficialidad del momento que estabas obligada a vivir.

“Cada uno de nosotros esconde lo que más aprecia como puede y como sabe. La parte más bella y profunda de nosotros mismos no puede ser accesible a todos, porque si lo fuera no tendría ni peso ni valor.”

Aquellas palabras, que me dijiste entre dientes cuando, aunque un poco a regañadientes, decidí acompañarte a tu casa en taxi, me dieron por un momento la débil sensación de haber conocido una mujer diferente.
Pero esa ilusión duró poco.
Recuerdo que aquella noche no me diste ni siquiera el beso de la buena noche para agradecerme que te acompañara, y bajaste del taxi casi sin mirarme a la cara. Como si mi gesto fuera un acto obligatorio.
Decidí borrarte inmediatamente de mis sueños, enfadado conmigo mismo por esa actitud tuya hostil y maleducada que tenías con respecto a mí.

“Perdóname amor, perdóname amor mío por no haber entendido que eras solo un cervatillo asustado. Perdóname, quizás te juzgué demasiado deprisa.”

Dos días después ya te había olvidado, o al menos creía haberte olvidado. Pensaba que habías pasado delante de mí como una sombra, sin dejar rastro, sin que me diera cuenta de nada, sin que nada hubiera tenido importancia para mi. Pero me equivocaba.
Una semana después mientras me encontraba en la cola para pagar mi café matutino en ese bar anónimo del barrio donde vivo, me tocaste el hombro y con una sonrisa llena de alegría, me pediste que te invitara a un café. Habías ido a recoger unos análisis médicos justo en la clínica cerca de mi casa. Análisis sin importancia… sin importancia… es lo que me dijiste.
Un café que duró casi toda la mañana, sentados hablando uno delante del otro mirándose en los ojos, en esa mesita, escondida en la salita de aquel bar. Un tiempo mágico que embrujó nuestros corazones en un abrazo que para nosotros, para mí y para ti, desde aquel momento valía la pena vivir.
La misma noche fuimos a cenar a tu restaurante preferido del Born “kafka”. Era también el escritor que amabas leer.
Aquella noche me quedé en tu casa.
Hicimos el amor durante toda la noche y dormimos abrazados uno pegado al otro hasta la mañana del día siguiente.
Yo puse mi pierna sobre tu cuerpo para protegerte de la oscuridad y no dejar que nadie pudiera alejarte de mí. Hacía tanto tiempo que no sentía ciertas sensaciones. Hacía tanto tiempo que las deseaba. Hacía tanto tiempo que esperaba volver a hacer ese gesto. Lo necesitaba.
Después de mi última historia de amor pensaba que ya no me resultaría posible dormir abrazado a una mujer. Sin embargo contigo, no se, fue todo tremendamente simple, natural, espontáneo, como si nos conociéramos de hace tiempo.
Conservo todavía hoy dentro de mí el sabor y el olor de tu piel. De esos momentos mágicos y llenos de deseo, de pasión, de ganas de estar juntos, donde nos decíamos cosas maravillosas y nos hacíamos promesas que nos hubiera gustado mantener. Estaba totalmente a la sombra de saber que aquella noche pasada junto a tí, se habría convertido en un sentimiento que nos habría unido con un lazo invisible. Me refiero a esa forma tuya de ser y de comportarte que habías reservado para mí y solo para mí, muy diferente a lo que mostrabas a los demás. Junto a ti me sentía de nuevo un hombre importante, exclusivo, único. Me sentía protegido porque sabía que habría podido confiar y contar contigo en cualquier momento. Sentía que no me habrías abandonado como alguien hizo antes de tí, que no me habrías apuñalado en la espalda como alguien hizo antes de ti, que no me habrías mentido como alguien hizo antes de ti. Sentía que podía creer a lo que me decía. Me diste de inmediato la impresión de una mujer que no quería mentir, qué no sabía mentir, que no podía mentir. Que no podía… esto lo entendí después.
Tenías siempre ese aire un poco melancólico, que parecías desear que todo el mundo te dejara en paz. Una tregua con el mundo que te rodeaba, y que tenía la habilidad de cansarte. Por esto amabas profundamente estar sola sentada en un banco leyendo, o paseando por las calles del centro escuchando música, o tumbada en el sofá mirando el techo inmersa en tus pensamientos. La soledad para ti era un placer, era una elección, era el privilegio de poder estar contigo misma para entenderte, para encontrarte, para sentir tus deseos y elegir lo que más amabas.
Me he preguntado muchas veces en qué pensabas en esos silenciosos momentos, donde te aislabas incluso de mí. Parecía que los pensamientos que te atravesaban la mente tuvieran dominio sobre ti y sobre lo que eras. Era así… solo ahora entiendo por qué esos pensamientos tan profundos, tan dolorosos, tan difíciles de aceptar por una chica de treinta años invadían tu vida. Detrás de esa tuya aparente melancolía y profunda tristeza, se escondía una mujer fantástica, fuerte, luchadora. Sí, para mí eras una mujer fantástica.
Tenías algo magnético dentro de tí, un mejunje de pasión, de intriga, de misterio que despertaba en mí sensaciones cubiertas de polvo desde hace tiempo. Contigo, por un momento, había vuelto a esperar. Había vuelto a vivir. Había vuelto a creer en el amor. A creer en una mujer.
Conmigo querías aislarte del mundo. Tú y yo, solos en un lugar ante el mar. Era el deseo que me repetías continuamente. ¿Dónde? No importaba, bastaba con estar juntos, tu y yo, ante el mar. A ti te gustaba ver el mar. Me acuerdo aún cuando por la noche, a veces, íbamos a pasear descalzos por la playa con los pies en el agua. Era invierno, llovía, hacía frío, pero a ti parecía que no te importaba nada, parecía que la única cosa que te importaba era estar conmigo.
Resguardados y abrazados bajo aquel paraguas chino, paseábamos lentamente contándonos una parte de nuestras vidas para después volver cansados a tu casa o a la mía y hacer el amor con las pocas fuerzas que aún nos quedaban. Recuerdo aún aquellos momentos tan simples, tan comunes, tan repetidos, que compartíamos juntos. No habría querido sustituirlos por nada, porque aquellos momentos eran parte de mí. Una parte escondida que tú con tu simplicidad habías sido capaz de descubrir de nuevo. Conseguías sacar lo mejor de mí transmitiéndome seguridad, tranquilidad, calma. Y esto lo hacías simplemente estando cerca de mí.
Si…si, cerca, era lo que yo necesitaba de una mujer. Quería una mujer que estuviera cerca de mí. Tu lo entendiste inmediatamente y lo hacías muy bien. Pero lo que más apreciaba de tí era el coraje que tenías para decirme la verdad… la verdad sobre todo, incluso sobre cosas que no habría podido nunca descubrir la verdad.
Para ti, decir la verdad era importante como lo era para mí. Por esto, vivía dentro de ti una capacidad de dar y de recibir amor que me hacía sentir el hombre más deseado del mundo. Al verte caminar por la calle sola, hablar con los amigos en común o saborear un café en un bar, parecías la persona más libre del mundo, sin embargo con el tiempo, conociéndote, me di cuenta que vivías encarcelada en una jaula difícil de abrir. Había algo dentro de ti que te impedía vivir intensamente lo que la vida te ofrecía.
Tu forma de amar tan penetrante y pasional era en realidad una forma de vencer tus miedos, y olvidar la soledad que tenías dentro de ti. Por esto no eras capaz de dejarte llevar completamente y no querías dar luminosidad a tu alma… Miedos que una tarde me confesaste.

“Perdóname mi amor… solo ahora entiendo que no era un pretexto o un deseo de la voluntad, sino que era un miedo verdadero y debido. Que no consistía en el hecho de que no quería amar, sino que tenías miedo de hacerme daño.”

Y en mi ciega estupidez, he intentado hacerte entender que antes de poder amar intensamente a un hombre se debe amar a uno mismo para conocer el valor del amor. No se puede ser feliz con otra persona si no somos felices con nosotros mismos. No se puede apreciar la compañía si no se acepta la soledad. No se puede buscar la verdad si no se conoce la capacidad destructiva de la mentira. Ya que amar no debe ser un modo de sobrevivir sino de vivir. No debe ser una necesidad sino una elección.
Te hablaba de esa forma porque creía que tus cambios de humor hacia mi dependían de lo que habías vivido en el pasado. Pero me equivocaba. Quizás he sido ingenuo al no entender que estaba completamente en el camino equivocado. Pero créeme… tenía miedo, miedo ¿entiendes? No quería volver a equivocarme. No quería volver a invertir mi ser con quien no valía la pena, con quien mentía, con quien escondía sus hipócritas acciones detrás de falsas excusas, con quien jugaba a dos bandas.
Quería algo simple, genuino. Una mujer con la que compartir las pequeñas cosas de la vida. No buscaba nada más, por esto tenía miedo. Pero tú… con una sonrisa que iluminaba tu rostro me respondías que una mujer que busca el amor no puede estar con un hombre por costumbre, por conveniencia, por interés, por vencer la propia soledad, o por la necesidad del momento. Debe estar con un hombre si lo ama y siente que el propio corazón está lleno de felicidad cuando la abraza, la besa, la rodea durante la noche. Porque solo con ese tipo de hombres puede construir su futuro, solo con él vale la pena arriesgar, solo con él debe hacer lo posible para defender ese amor, y donde no hay amor, no hay nada.

“Gracias amor mío, estando contigo me he sentido verdaderamente amado”.

Me acuerdo aún esa tarde cuando estábamos tumbados en el sofá uno al lado del otro, yo leyendo un libro y tu abrazada a mi escuchando música. Las silenciosas sensaciones que nuestros corazones se intercambiaban nos acercaban cada instante más. Pero esa felicidad fue interrumpida cuando tu, con el rostro serio, mirándome con esos ojos verde esmeralda, cubiertos en aquel momento por un velo de tristeza, me dijiste que tenías que hablar conmigo. Tenías que decirme algo realmente importante. Podía imaginarme cualquier cosa, estaba preparado para cualquier cosa, para aceptarlo todo, pero no habría podido nunca, ni remotamente imaginar lo que ibas a decirme.
En una semana tenías que ir a Madrid a una clínica especializada, para “curar” esa enfermedad que llevabas dentro desde hacía tantos años y que había entrado en su fase final.
Fue la primera vez que me mentiste. No ibas a curarte, no había nada que poder curar. Según los médicos te quedaban tres meses de vida, según tú, por cómo te sentías, ni siquiera un mes. Llevabas dentro de ti, escondido en ese cuerpo maravilloso, una enfermedad infame, la Leucemia.
Al escuchar aquellas palabras sentí un dolor inmenso, no he sentido nunca un dolor tan grande. Demasiado grande para ser soportado. Te abracé fuerte llorando como un niño, disculpándome por mi debilidad, pero no podía aguantar. Todo se desvanecía ante mis ojos, todo perdía importancia, y esa historia de amor que estaba empezando entre nosotros, había llegado prácticamente a su fin debido a aquellas malditas circunstancias. Pero el dolor más grande no era porque te estaba perdiendo, era por ti. Solo por ti. Treinta años eran pocos para irse.
La serenidad de tu mirada, la dulzura de tu sonrisa resignada a aceptar lo que venía, no tenían en mí ningún efecto. Después de algunos instantes de debilidad, una rabia violenta y un dolor profundo poseyeron mi ser, mi persona, y volví a encontrar la fuerza de quién no está dispuesto a rendirse.
Te consolé con mis palabras, y estrechándote contra mi, te consolé diciéndote que lucharía contigo. Iba a estar cerca de ti. Iba a dejarlo todo, y me aseguraría de que tú no te sintieras sola ni siquiera durante un momento. Nos levantaríamos juntos, y siempre juntos, superaríamos aquel difícil momento para continuar el camino que habíamos planeado.
Pero yo sabía la verdad que tú no tenías el valor de decirme.

No me interesa saber si estás en un lugar mejor, sólo sé que no te veré más. Ya no sentiré el calor de tu cuerpo, la dulzura de tus besos, el consuelo de tu complicidad, de tus palabras. Ya no caminaré abrazado a ti por la playa con los pies desnudos en la orilla del mar. Ya no reiré como antes persiguiéndote por las pequeñas calles del centro. Ya no podré tener aquellas largas conversaciones tumbados en el sofá y tampoco todas aquellas cosas simples y banales que hacíamos juntos. Ya no tendremos nuestros combates de boxeo en los que tú ganabas, y ya no te tendré cerca de mí durante las noches en mi cama, para abrazarte, para defenderte, para protegerte.

No he sido capaz de defenderte, no he sido capaz de protegerte, no he podido amarte tanto para impedir que ese alguien, o ese algo, o ese destino de mierda, te alejara de mí. No he podido hacer nada contra aquel destino tan malvado, tan cruel, que ha destruido nuestro amor sin preocuparse del dolor que podía provocar.
Nadie se preocupó de nuestro dolor. Nadie hizo algo porque aquel amor no terminara. Nadie vino ad ayudarnos, ni tan siquiera el destino cambió sus planes.

“Perdóname”.

No ha servido para nada pasar las noches junto a la cama de aquel hospital estrechándote las manos y discutiendo con los médicos que querían que me fuera.
Yo nunca he dejado tus manos. Créeme mi amor, no lo hecho nunca.
No ha servido para nada rezar, hablarte cada noche para que escucharás mi voz cuando la debilidad de tu cuerpo hacia que cerraras los ojos.
Estaba ahí, ¿sabes?… estaba ahí sentado junto a ti leyéndote en voz alta el libro que a ti te gustaba, prometiendo a todos los Santos del cielo, que te llevaría conmigo alrededor del mundo y que viviríamos de nuevo muchas cosas juntos. No sirvió para nada rogarte que no me dejaras solo, rogarte que no te fueras, que no sería capaz de seguir ese camino, que ya no quería volver a empezar, que no quería a otra mujer a mi lado, que ya no quería a nadie. No… ¡No! no sirvió para nada.
Nadie me ha escuchado, nadie ha sido capaz de entender mi dolor, nadie ha querido que tú y yo siguiéramos juntos, nadie ha tenido compasión de una chica treinta años llena de vida que lo único que quería era vivir para amar.
No podía pensar en no ver más tus ojos, no escuchar más tu voz, no oler más el perfume de tu cuerpo. Me acuerdo aún cuando, tumbada en la cama de aquel hospital, te preocupaba que no me gustaras, te preocupaba haber adelgazado demasiado, te preocupaba que tu piel ya no fuera la misma. Tú en ese estado te preocupabas por mí.
A mí no me importaba si no eras tan hermosa como antes o si tu cuerpo ya no era el mismo. A mí me gustabas por lo que eras, por lo que tenías dentro, por ese océano interior que había descubierto y que no quería perder.
No me he ido nunca. No te he abandonado nunca. No he dejado nunca de esperar y de estar a tu lado.
Los médicos dijeron tres meses de vida, tú me dijiste con lágrimas en los ojos un mes, y yo estuve en ese infierno solo durante quince días, luego te fuiste. Te fuiste dejándome solo. Entonces en ese momento, cuando cerraste los ojos, deje tu mano, me levante y me fui cerrando la puerta de tu habitación detrás de mí.
Ahora que no estás, no sé qué hacer, no sé dónde ir, no sé con quién hablar. Ya no le encuentro sentido a mí vida, todo me parece vacío, diferente, insulso, sin sabor. Ya no tengo ningún interés por nada ni por nadie, no quiero ni siquiera ver a los amigos a mi alrededor, o a la familia, o viajar, o leer, o escribir, o trabajar, no quiero nada, no quiero a nadie, solo quiero estar solo. La desesperación de mi corazón es tan grande que no sé ni siquiera desde donde empezar a reconstruirme, y no sé si conseguiré hacerlo. No sé si la vida sigue teniendo sentido cuando se afronta un dolor tan grande. No consigo entender cómo se puede sustituir aquello que se ha amado tanto con otra cosa, esforzándose aún por amar.
Yo no soy así, yo no soy capaz de hacerlo.

Sabes… el otro día fui a casa de tus padres para saludarlos, para saber cómo estaban, para consolarlos un poco. Ellos aún me necesitan, y aunque tu hermana está siempre ahí, junto a ellos, tú eras su luz.
Me han dado tu diario. Me han dicho que era el regalo que tú habías reservado para mí, para mi cumpleaños. Cuando he llegado a casa he empezado a leerlo con una sonrisa en los labios, pensando que una chica de treinta años escribía aún diarios. Pero esa sonrisa ha durado poco. Me he dado cuenta inmediatamente que ese diario hablaba de mí, hablaba de ti, hablada de nosotros desde el primer día que nos conocimos. No me habría imaginado nunca que me amabas tanto, no tanto.

“Perdóname, pero no he sabido leerlo en tus ojos. No he podido entender que todo ese amor estaba reservado para mí. No me merecía tanto.”

Hoy he venido aquí a verte. Te he traído tres rosas rojas, son el símbolo de nuestro amor. El pasado, el presente, el futuro. Representan el amor eterno, un amor que nunca tendrá fin, porque un amor verdadero, un amor grande, un amor sincero, va más allá del tiempo. Porque cuando se ama así se pierde una parte de nuestra alma, y no hay nada ni nadie que pueda devolvérnosla.
Lo siento, lo siento de verdad. Contigo habría querido construir mi sueño, habría querido recorrer senderos que no he recorrido nunca, hacer cosas que no he hecho nunca.
He venido a agradecerte de haberme elegido a mí, a agradecerte de haberme hecho sentir tan amado, de haberme respetado, de haberte comportado de la forma más leal, más verdadera, más honesta, como una mujer que ama de verdad. Te agradezco haberme defendido siempre, haberme protegido, haber estado a mi lado y haber luchado por mí y conmigo, con todo el amor que poseías, de haber creído en mí. Te agradezco que me hayas hecho volver a reír, que me hayas hecho volver a esperar, a creer aún en el amor, pero sobre todo te agradezco que me hayas hecho entender que en el mundo existen aún mujeres como tú.
Contigo había encontrado de nuevo el placer y la fuerza de amar.

Gracias amor mío por haber desafiado todo el mundo a mi lado, por haber buscado otra vida junto a mí, por haberte equivocado y luego haber pagado incluso más aún, junto a mí.

Y el alma pregunta.

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PER TE IN ITALIANO

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Samuele Beni Abram

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Santorini

Esta mañana he salido, con un pequeño barco, del puerto de Mikonos rumbo a Santorini, por los griegos denominada la isla del amor.
Después de tres horas de navegación, llego a destino.
Desde allí, un viejo autobús maltrecho me lleva, junto a los demás pasajeros, a la cima de la montaña donde se encuentra el pequeño pueblo de casas blancas, Santorini.
Cuando llego al hotel, abro la puerta de cristal de la terraza y observo el panorama que se presenta ante mis ojos, entusiasmante y único.
Dos mares, Jónico y Egeo, uno verde y el otro azul se encuentran en un abrazo eterno para crear entre ellos un matiz de color esmeralda.
Como dos almas diferentes; se reconocen en su esencia y, superando las dificultades que les separan, se unen para estar juntos y dar vida a un color maravilloso que, de todas las partes del mundo, la gente viene a fotografiar.
Desde el viejo molino en la cima de la montaña se puede ver también una puesta de sol de mil colores.

Los enamorados cuelgan un candado en la cerca que rodea el molino, escriben en él sus nombres, y tiran la llave por la montaña que acaba cayendo en mar abierto, esperando así, como dice la tradición griega, que las Venus y las Diosas de aquellas aguas, cojan esa llave, y concedan ese deseo pensado en lo más profundo del corazón de cada uno de ellos.
Los pescadores, que con las pequeñas barcas de madera pintadas de azul y blanco bordean la isla, cuentan en los bares del lugar que, de noche cuando todos duermen, se puede oír el agradable lamento de las sirenas que buscan las llaves arrojadas durante el día por los enamorados.
Recorriendo las estrechas calles de eso pequeño pueblo de casas blancas, he encontrado la mirada dulce de aquellas parejas.
He observado los gestos de aquellos enamorados, he notado con cuánto entusiasmo escribe sus nombres en esos candados comprados a algún vendedor ambulante, y con cuánta energía e intensidad tiran aquella llave al mar, y cómo permanecen ahí, inmóviles, sin hablar, cogiéndose de la mano, en señal de respeto por esa acción.
Es el amor quien habla.
Está claro que, a pesar de estar rodeados de un mundo engañoso y mentiroso, existen aún muchas parejas que tienen ganas de soñar y de hacer de sus sueños una realidad.

El amor en esta isla se vive de otra forma.
Para los antiguos filósofos griegos, padres de todas las civilizaciones y culturas, que con su sabiduría leían los astros del cielo, afirmaban que el amor es el encuentro de dos almas incompletas que van por el mundo buscándose.
Cada una busca la mitad que le corresponde, para llenarse de dicha y poder amar con intensidad.
Y no puede existir un amor verdadero si el alma no encuentra su mitad correcta. Solo así se emociona con locura, grita de alegría, y vive, y salta, y baila, manifestando su felicidad, que se filtra por cada uno de los poros de la piel del ser humano.
El amor no es la conveniencia de las circunstancias, no es encontrar a quien tiene más, a quien te da más, a quien representa más, o una alternativa a la soledad, esto en el amor no vale nada.
El amor es encontrar precisamente aquella mitad por la que, al estar juntos, todo lo demás pierde su valor, porque lo que sentimos nos llena de una dicha tan grande que querríamos hasta poder parar el tiempo, solo en ese momento sentimos la paz, la calma, la serenidad de nuestra alma.

Es necesario seguir soñando y no creer que la verdad sea solo lo que tocamos, lo que vemos, y lo que escuchamos. Existe, a nuestro alrededor, un universo que se mueve, que nos escucha y nos observa.
Observa nuestra forma de ser, de vivir, de comportarnos con nosotros mismos y con los demás.
Conoce nuestros pensamientos y escucha nuestras palabras y ve si todo esto está en sintonía con nuestras acciones. Conoce incluso nuestros sueños y, si aquello que buscamos lo deseamos intensamente, probablemente nos ayude a alcanzarlo si nos lo merecemos.
El amor, el amor verdadero, no le llega solo a quien lo busca, o a quien lo desea, llega, sobre todo, a quien sabe darle el justo espacio y el tiempo que necesita para madurar.
Creo que hoy se tiene una idea demasiado confusa de lo que es el amor pero, sobre todo, de lo que significa amar.
Y el alma pregunta.

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La pequeña Sabrina

Aunque estamos en invierno, me he regalado un viaje de cuatro días a Formentera. Una isla a la que voy a menudo para relajarme y desconectar de la vida caótica de la ciudad donde vivo.
En el restaurante de pescado donde voy habitualmente, el camarero ha depositado en mi mesa una gigantesca paella. Delante de mí, una familia italiana con una niña de unos tres años que se llama Sabrina.
Parece un ángel caído del cielo con esos grandes ojos abiertos de par en par que brillan de una luz intensa.
Su mirada apunta hacia mí todo el tiempo.
Dentro de ese vestidito de cuadros que le llega bajo las rodillas, observa con vibrante inteligencia, cada gesto mío. Aunque simple y banal, tiene para Sabrina el sabor del descubrimiento. Se entusiasma, feliz y contenta, cuando le guiño el ojo, cuando le sonrío, cuando le pongo alguna mueca sacando la lengua. Quién sabe qué estará pensando, sus ojos azules no me dejan ni un momento.
Con un grito, señalándome con un dedo, llama la atención de la madre, del padre, de los abuelos, que sentados a su lado la miman con gran dulzura, para preguntarle qué estoy haciendo, quién soy y por qué como tanto.
Para ella la paella que tengo ante mí, es enorme.
A un cierto punto, sorprendiendo a todos, con un pequeño esfuerzo se baja de la silla y se acerca a mi mesa. Veo que coge confianza conmigo, que está tranquila, sabe por la luz de mis ojos que nunca podría hacerle daño, por esto se me acerca aún más. Tiene el pelo rizado como un cuenco de ensalada, rubio como un campo de trigo y los ojos azules como el cielo. Sobre esa piel color cereza clara, las pestañas rubias son casi invisibles, y las manitas regordetas, con las uñas pequeñas y transparentes, las mantiene apretadas con los puños cerrados, preparada para defenderse si fuera necesario.
Sin decir nada, me sonríe y huye. La veo correr con esas torneadas piernecitas apoyando un pie a la derecha y otro a la izquierda, paralelos entre ellos para mantener el equilibrio y no caer. Lleva unos zapatitos que parecen unas botas de montaña. Se para en medio de la sala, se gira y me sonríe feliz. Finjo que no la veo para seguirle el juego.
Pocos minutos después vuelve a mí, se me acerca de nuevo, apoyando sus manitas sobre la mesa como si hubiera alcanzado un hito. Me toca una pierna y se agarra con fuerza a la tela de mis pantalones  siguiendo con atención cada gesto que hago.
Esta complicidad que nace entre una niña y yo, es algo que me sucede con frecuencia. Quizás los niños sienten que pueden fiarse de mí, que nunca les haría daño, al contrario, si viera a alguno en peligro lo defendería como el más valiente de los guerreros.
Tanto el padre como la madre la invitan a sentarse en la mesa, pero Sabrina parece no escucharles. Entre nosotros se ha establecido una insólita complicidad. Incluso los abuelos, sorprendidos por aquella actitud, la invitan a volver. La abuela, mujer de gran experiencia, le enseña el móvil con las luces que se encienden y se apagan de un divertido juego.
Pero Sabrina, aunque fascinada y seducida por aquel objeto desconocido, permanece ahí cerca de mí. Como si comprendiera mi estado de ánimo y quisiera consolarme con su presencia, sus manitas aprietan con fuerza mis pantalones.
En un momento dado la abuela, que conoce las debilidades y los deseos de Sabrina, para atraer su atención, la llama y le enseña un caramelo envuelto en un plástico verde.
Sabrina corre inmediatamente, tras aquel caramelo que coge entre sus manos, pero antes de abrirlo me mira.
Yo le sonrío haciéndole un gesto de aprobación con la cabeza.
La abuela invita a Sabrina a sentarse junto a ella e intenta cogerla en brazos, pero ese pequeño ángel rubio hace algo que sorprende hasta a los camareros que, curiosos, se habían acercado. Se acerca a mí y me la ofrece, me regala lo que a ella le gusta. Me lo da a mí, que soy solo un desconocido.
Siento un escalofrío de emoción no visible, pero dentro de mí estoy muerto. Soy un débil con los niños, lo reconozco. Ese pequeño ángel con su generosidad y altruismo me ha ganado. Cuántos pensamientos me pasan por la cabeza, cuántos recuerdos. No puedo no pensar, no analizar, no preguntarme por qué ocurre esto, no es la primera vez que un niño se me acerca. Sus ojos, que no me dejan ni un momento, me hacen una pregunta a la que me veo obligado a contestar…

Mi pequeña estrellita desconocida para mí, de cabellos color  del trigo y ojos profundos como el mar, si me he visto obligado a renunciar al sueño de poder tenerte es porque no he aceptado nunca la comodidad a la que algunos recurren por miedo a quedarse solos y poder satisfacer su egoísmo personal. Yo no quería renunciar a ese sueño créeme, te habría protegido, ayudado, defendido. Habrías podido contar conmigo en cualquier circunstancia, pero nunca serás la respuesta o el resultado de un recíproco acuerdo que se rompe a la primera dificultad, sino únicamente el fruto de un gran amor si estoy destinado a ello. Por tenerte he buscado el fruto de ese amor, un amor único e indestructible que estuviera más allá del tiempo y del espacio, perdóname si la vida no me lo ha querido dar o si yo no he sido capaz de encontrarlo, pero he sido siempre leal a mí mismo, a los demás, pero sobre todo a ti.
Yo en el amor he elegido siempre con coraje y verdad, coherente con mi conciencia y con los latidos de mi corazón. Donde mi corazón latía, yo estaba siempre dispuesto a sumergirme y arriesgar, pero donde no había nada, y permanecía inmóvil, aunque me conviniera, me marchaba. Ahora he llegado a un punto de la vida donde no se si tendré la posibilidad ni las ganas de encontrar una mujer y decidir soñar junto a ella. Tengo que aceptar el hecho de que no todos nacemos con el mismo destino o para hacer las mismas cosas. Si te digo la verdad, la idea de que un día tendré que abandonar este mundo sin haber conseguido dar otra vida, me provoca un sentimiento de serena tristeza, pero lo prefiero antes que vivir con una mujer a la que no amo.

Sabrina vuelve a mí, esta vez sus manitas regordetas cogen mi camisa y suavemente la tira hacia ella. Me gustaría subirla en mis hombros pero no puedo.
Se acerca el padre que la coge de la mano, me saluda, y se va llevándosela, ella se gira y con la manita libre, moviéndola rápidamente, me saluda.
Pido la cuenta. No tengo más ganas de estar sentado, tengo la sensación de haber sido abandonado por alguien que daba sentido a la vida.
Quiero salir para caminar un poco.
En la mesa junto a la puerta de salida, un niño llora, no quiere comer lo que le han puesto en el plato, sus padres le hablan dulcemente, pero él grita y no hace caso a sus palabras. Sus ojos negros como la noche y brillantes como dos perlas, se cruzan con los míos.
Le guiño un ojo poniendo una expresión divertida con el rostro, por arte de magia deja de llorar y me mira maravillado. Se ríe y con la manita abierta me señala. Atraigo así la mirada de su madre, a la que saludo con una sonrisa. Antes de abrir la puerta de salida me paro de nuevo a observar a aquel niño. Come satisfecho y feliz.
Antes de volver al Hotel me doy un largo paseo por la orilla del mar. Un poco de aire me sentará bien. La noche es muy fría, y el viento me corta la cara.
La única nota triste de esta velada, es que todo lo que he sentido no podré compartirlo con nadie.
Pienso en la mirada de aquella niña, en su sonrisa, en sus ojos, en la alegría de sus gestos, bellísimos.
Pienso en mi última relación de amor, creo que no has conocido, y ni siquiera entendido que tipo de hombre era.
Pienso en el destino, en mi vida, en las decisiones tomadas, y me doy la única respuesta posible…lo siento, yo lo he intentado…
Y el alma pregunta.

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El perdón en el amor

El perdón en el amor.

No quiero un amor por la mitad, o dividido en dos. He luchado y sufrido tanto que me merezco algo intenso, entero, indestructible, verdadero.

Sé que tú conoces la verdad, y esto para mí es suficiente. Podrás negarla ante el mundo entero, intentando buscar excusas y justificaciones para transformarla en la mentira que a ti conviene creer, pero tú sabes la verdad.
Habría ido contra mi ego, mi orgullo, mi forma de ver el amor por perdonarte, habría hecho todo esto por ti mientras creía que tu valía la pena. Hasta cuando creía que te ponía de mi parte en todos los aspectos.
Solo yo puedo juzgarme, solo yo conozco mi pasado, solo yo conozco el motivo de mis elecciones y lo que vive dentro de mí. Solo yo sé cuánto puedo ser fuerte o frágil. Solo yo y nadie más.
Pero el perdón no puede ser un regalo, tiene que ser merecido. Tiene que demostrarse que se está a la altura de dicho perdón.
En la vida he conocido mujeres que han sufrido, que han tenido que superar dolores innombrables, que han sido privadas de todo y que, como tú, no han tenido un padre que les aconsejara, el consuelo de una madre que les diera calor, las palabras leales y sinceras de una amiga que estuviera cerca de ellas, o la presencia de un hombre que realmente las haya amado más allá de las apariencias. Pero no las he visto albergar venganza o rencor por aquello que no habían tenido, creando así, dentro de ellas, una energía negativa que las habría empujado hacia abajo, al nivel más bajo, donde sus acciones habrían encontrado siempre una justificación escondidas de la mentira. Al contrario de lo que tú puedas creer, he visto en los ojos de éstas mujeres la fuerza, las ganas de renacer, de superar sus adversidades, de luchar con entusiasmo por aquello que creían y amaban, las he visto hacer de sus experiencias negativas, la mejor escuela de vida donde poder aprender.

Donde hay un esfuerzo interior, vive un mérito y donde existe un mérito, existe una virtud y, entonces, el perdón es la recompensa al esfuerzo. Pero donde no hay esfuerzo, no hay mérito y no hay ninguna virtud, y el perdón no se recibiría como tal.
Pero tú, sedienta de venganza, continuaste mintiendo, pensando que esa era la mejor forma de arreglar las cosas. No era la mejor forma, era la única forma que tú conocías.
He estado obligado a elegir si cerrar los ojos fingiendo no ver y no entender lo que eras, lo que eres, y lo que has sido siempre, o aceptar esa evidente y dolorosa realidad reconociéndome a mí mismo la magnitud de mi error.
Del gran error que había cometido creyendo en ti, invirtiendo en ti, amándote como no he amado nunca a ninguna otra mujer, pensando que lo que existía entre nosotros era único e indestructible, algo tan grande e inmenso que no podía tener una fin.
Para reconocer aquel error y admitir esa equivocación, he tenido que pagar un precio altísimo que aún pago y no sé durante cuánto tiempo tendré que hacerlo. Pero ha sido una elección mía, la valiente y dolorosa elección de no querer aceptar algo que no tiene peso, no tiene sustancia, no tiene profundidad de espíritu. Ese algo que, como una bandera, se mueve con el viento hacia donde más le conviene. Que traiciona sin valorar las consecuencias porque así lo ha hecho siempre, y que esconde las propias acciones malvadas evitando asumir la responsabilidad, atacando, acusando, creando falsas excusas, para después poder vengarse y estar en paz con la propia conciencia. Que en el amor, no conoce el significado de la complicidad. Que cree que vivir sea hacer y tener el máximo posible, aprovechando cada oportunidad y no perder ninguna ocasión, dando a todo el mismo peso, el mismo valor, la misma prioridad.
Con esa actitud, me demostraste solo, que dentro de ti no vivía nada, no había profundidad, ni valor, ni lealtad, ni la dignidad de afrontar la vida con la verdad. Me demostraste solo, lo que realmente eres… una mujer que sigue la conveniencia y la oportunidad del momento, y se reduce a una superficial figura estética que cambia con el tiempo.
Yo nunca juzgo a una persona por sus errores, sino por las ganas que tiene de remediar estos errores, porque es ahí donde reside la diferencia.
Nos equivocamos siempre… nos equivocamos por rabia, por amor, por celos, para aprender a no repetir de nuevo ciertos errores. Nos equivocamos para poder pedir perdón, para poder admitir que nos hemos equivocado. Nos equivocamos para crecer, para madurar, para llegar a ser mejores. Nos equivocamos porque no somos perfectos y somos humanos.
Pero la diferencia entre quien ama y quien no ama, es que quien ama asume y se preocupa por reparar su error pidiendo perdón, mientras que quien no ama, sigue de forma egoísta su camino como si no hubiera sucedido nada.
Pero en tu corazón no existe la lealtad, porque tu alma no es noble y, por tanto, te resulta difícil ver las diferencias.
No puedes vencer la mezquindad que se ha apoderado de tu ser porque no tienes aprecio ni siquiera por ti misma, por eso actúas por instinto, por rabia o por venganza, sin pensar nunca en las consecuencias, sin evaluar nunca que una actitud tan débil puede ocasionar mucho dolor.
Esto no es amor, es la explícita demostración de que no has amado nunca, y que solo has recitado como una actriz, la parte que en aquel momento se te asignó.
Quien ama de verdad no miente, no hiere, no traiciona, porque antes de amarte te respeta.
¿Sabes lo que es el respeto en el amor?
Significa preocuparse del pasado compartido junto, de los instantes compartidos juntos, de lo que habíamos sentido y nos habíamos dicho en ciertos momentos.
Significa defender lo que ha existido entre dos personas que se han amado aunque ya no hay nada.
Significa no ofender con tu actitud a esa persona que decías amar.
Pero para tener respeto y entender su significado, primero hay que tener respeto por sí mismo y conocer las exigencias de la propia alma. Pero sin bondad, sin honestidad, sin lealtad, el alma envejece rápidamente y desciende a los niveles más bajos donde, en lugar de transmitirte la alegría y la felicidad de vivir, te transmite la tristeza y la sensación de estar sola.
Es ésta la señal que te hace entender que se está alejando de ti y de tu vida. Cuando llegarás a ese punto, ya no será suficiente ni siquiera el consuelo de las amigas que ahora te apoyan… y que lo harán hasta cuando puedas convencerlas con tus mentiras de que estas en lo cierto, pero cuando se darán cuenta de la verdad que les has escondido, también ellas se alejarán de ti.

He pensado mucho, muchísimo, y he llegado a la conclusión de que en el amor se puede perdonar la entrega del cuerpo, pero nunca jamás la entrega del alma, porque esa traición adquiere otra dimensión.
Y las personas que como tú deciden alejarse por conveniencia o por interés, por debilidad o por necesidad, en el fondo no han tenido nunca sentimientos sinceros y se aprovechan de la primera ocasión que se presenta para irse. Retenerlas sería inútil.
Las personas a las que realmente les importa estar juntas y construir un amor o enmendar un error cometido, no se pierden entre estúpidas y banales justificaciones, sino que afrontan la realidad con la verdad.
Una verdad que se debe decir a cualquier coste, cualquiera sea el precio debe decirse…porque marca la diferencia entre un tipo de persona y otra.
Pero llegados a este punto, yo no quiero saber nada más, no quiero conocer nada más, entender o ver nada más. Ni lo verdadero ni lo falso, ni lo que es justo o lo que no lo es. Ni lo que me provoca dolor o lo que me gustaría escuchar, nada, no quiero saber nada.
Me alejo para regenerar mi alma con una nueva energía. Una energía positiva, que me lleve de nuevo a ver el mundo como lo veía yo, que me lleve de nuevo a creer que aún se puede construir algo bonito con una mujer.
¿Porque te ríes? ¿Ríes? no rías…no rías, demuestras que no entiendes lo que he escrito en esta carta.
¿Por qué debería perdonarte cuando tú no te mereces este perdón? ¿Qué has hecho para merecerlo? ¿Me has dejado un espacio para que yo pudiera hablar contigo de nuevo? ¿Qué has hecho para que yo pudiera todavía creer en ti?
Nada…no has hecho nada, al contrario, has empeorado las cosas continuando tu camino, y chantajearme para decir la verdad, pero al mismo tiempo dejando claro que no habrías renunciado a la superficialidad de tu actitud.
Te has movido con el oportunismo de las personas pequeñas que hacen solo aquello que más les conviene en cada momento.
¿No podías esperar? ¿No podías hacer una pausa de reflexión y escuchar tus exigencias interiores? ¿No podías estar contigo misma para poder valorar las cosas con calma y bajo otro punto de vista?
No, no podías, tenías demasiada prisa por no pensar, por vivir lo que se te presentaba…por sustituir. Sí, la verdad es que tenías prisa por sustituir, por borrar u olvidar.
¿Pero, cómo es posible que no seas capaz de entender que solo las personas simples y superficiales perdonan fácilmente y rápidamente? y lo hacen, porque no conocen su valor, el valor del perdón. Las personas que tienen un peso deben madurar ese perdón dentro de ellas para que sea lo más verdadero posible.
Si tú hubieras estado sola contigo misma, demostrando esperar, entender, querer cambiar, creer realmente en el amor que estabas perdiendo, dejándome un espacio para poder entrar de nuevo, para poder hablar, para poder aclarar, y quizás para poder perdonar, entonces esto habría sucedido. Porque el perdón habría sido casi obligatorio para cualquier persona y habríamos salvado nuestro amor.
Pero tú, para paliar tu inseguridad interior, por el miedo que tenías a la soledad y condicionada incluso por las superficiales opiniones de las amigas que te regalaban soluciones simples has tenido prisa. Prisa por destruir aquel amor, que cuando, encerrados en una habitación nos olvidábamos del mundo amándonos y prometiéndonos algo realmente bello para nosotros.

Algunos dicen que el tiempo cura todas las heridas, yo no estoy de acuerdo. Las heridas permanecen, quizás el perdón las cicatriza para que el dolor disminuya, pero esas heridas no se irán nunca y no se olvidarán jamás, tal vez sólo se superen.
No… No se puede perdonar sólo para demostrar una cierta bondad, o para buscar la paz dentro de sí mismos, esto no tiene nada que ver con una elección consciente.
Pero, ¿cómo puedes ser tan pequeña que no entiendes que es precisamente quien ama intensamente a quien le resulta más difícil perdonar? Le resulta difícil porque su perdón es verdadero, está pensado, está valorado y es doloroso, muy doloroso. Y si decide perdonar, si consigue ganar la batalla consigo mismo, esa batalla que no le deja dormir durante la noche, demuestra una gran fuerza y no una debilidad como pueden creer los de espíritu pequeño.
Quien perdona te hace comprender que su amor es más fuerte que tus errores, pero tú… sí, te lo digo a ti, debes merecerlo.
Pero si sigues justificando tus errores, entonces esos dos mundos deben separarse para siempre, porque su concepto de amor y de amar es muy diferente.

Puedes regalar tu cuerpo porque estás acostumbrada a hacerlo, pero no puedes regalar esos momentos intensos donde el cuerpo no tiene nada que ver y es el alma la que dirige el juego, eso no puedes hacerlo, porque eso no se puede perdonar.
Para ti perdonar es fácil, como te resulta fácil sustituir, como te resulta fácil olvidar, como te resulta fácil enamorarte, como te resulta fácil amar, porque das a todo el mismo peso y el mismo valor, y no conoces el significado de las cosas.
No se perdona porque se tenga miedo de perder algo, no se perdona porque no se dé importancia a lo sucedido, no se perdona porque no se quiera estar solo.
Se perdona sólo porque se tiene la ilusión de que ese perdón le sirva a esa persona para que pueda volver a ser maravillosa como antes, como cuando la conocimos por primera vez. Es más… mejor que antes, visto que ha entendido la importancia de la pérdida.
Una de las cosas más difíciles de la vida es conseguir ver esa sutil línea que separa la esperanza de la ilusión, una línea que el corazón traspasa a menudo, a pesar de los reclamos de la mente, que lo arrastran ante la realidad. Pero si la esperanza es una necesidad y la ilusión es el precio a pagar, a veces incluso la razón sucumbe.
Pero si esa ilusión viene destruida por la superficial prisa de tener a alguien al lado, entonces el perdón está injustificado.
A veces, el perdón entra así en contraste con la esencia de quien tiene que perdonar, que divide en dos su alma, lo pone en guerra con sí mismo dejándolo solo ante una bifurcación dentro de un laberinto de dolorosas reflexiones, y es difícil saber qué camino tomar.
Y si uno decide NO perdonar, no es como tú crees que no ha ganado su ego, su vanidad, su orgullo, sino que ha entendido que esa realidad no cambiará nunca jamás, y no se puede construir algo duradero con quien se obstina a no querer cambiar.
Quien no entiende el valor del perdón, no entiende ni siquiera el sentido del amor y no sabe realmente lo que significa amar.
Creo que dentro de ti reina una gran confusión, y esta confusión no está en el hecho de no entender el significado de las cosas, sino que reside en tu análisis personal de no entender quien eres, qué quieres, qué vive dentro de ti, qué buscas, cuáles son tus prioridades, y qué es lo realmente importante para ti, en definitiva cuál sea tu objetivo en la vida.
¿Te has preguntado alguna vez cuánto estás dispuesta a luchar, a renunciar, a cerrar las puertas a los demás para poder elegir y tener las cosas y las personas que te interesan? ¿Sabes afrontar las consecuencias de tus elecciones? ¿Puedes decir de una vez por toda la verdad? ¿Sabes reconocer los errores cometidos y sabes pedir perdón? Perdón, es una palabra importante para quien sabe que se ha equivocado, deberías usarla más.
Pero lo que deberías entender es de no caer en mezquinos compromisos de conveniencia donde regalas tu cuerpo para agradecer, donde pierdes tu dignidad, donde no eres nada, meno que nada, porqué no sabes ni siquiera detenerte.
Creo que tienes que aprender a respetarte más, a amarte más, a creer más en ti, pero sobre todo a tener la fuerza de decir que no, y saber renunciar a algo o a todo aquello que podría acarrear daño a quien amas.
Lees una carta de amor y esa misma noche haces justo lo contrario de lo que deberías haber hecho. Dices que amas, lloras por amor, te desesperas por amor, escuchas canciones de amor, escribes sobre amor…y después, ante un amor te comportas de la forma más superficial y mezquina para destruirlo.

Siempre he pensado que un gran amor debe tener raíces profundas, y si incluso esas raíces a veces crecen de las peleas, de los errores, de las dificultades o incomprensiones, no tiene importancia. Lo importante es la gana de estar juntos, de amarse, de creer en ese amor, y el tiempo, que es el mejor aliado de quien no se rinde, lo arreglará todo.
Pero en el momento en el que tú me habrías tenido que demostrar lo profundas que eran tus raíces y el amor que sentías y que tanto ensalzabas, has huido. Has huido dejándome solo, siguiendo con tu mezquino egoísmo.
Quieres hacerte perdonar, pero al mismo tiempo, no sabes cerrar una puerta de forma definitiva. Pero, ¿cómo puedes pensar que esta actitud tuya sea aceptable?
No hay coherencia en lo que haces, no hay coherencia en lo que dices, no hay coherencia en lo que piensas.
Tus instintos tienen el control de tu conciencia y destruyen tu persona. La mentira se ha apoderado tanto de tu ser que no eres capaz ni siquiera de reconocerte. No reconoces la verdad de la mentira y confundes las prioridades.
Se cambia solo si existe la voluntad, el carácter y la determinación de quererlo, cuando se siente que se debe hacer algo por nosotros mismos porque queremos transformarnos en personas nuevas, y no porque un hecho concreto, por más que sea doloroso, nos sucede.
Se cambia porque sentimos que no podemos seguir adelante así y estamos obligados a superar ese pasado que ha destruido parte de nosotros. La parte más hermosa que teníamos para dar.
Se cambia cuando se llega a tener la conciencia de lo que somos, de lo que hemos sido, y de lo que querríamos llegar a ser, porque esconderse, mentir o engañar no sirve para nada si no solo para perderse.
No puedo ni disculpar, ni perdonar a quien, en el amor, no se preocupa del dolor que sus acciones o su comportamiento provocan en la otra persona, porque esto es exactamente lo contrario del amor.
Ese dolor está provocado por la voluntad de infligirlo, a sabiendas de que hará daño y esa acción está creada por la voluntad de destruir, y todo ello nace de un alma oscura y malvada, del deseo de vengarse y de redimirse a través del sufrimiento que provoca.
Como las personas ignorantes, no sabes que haciendo así creará dentro de ti una energía negativa que te arrastrará con el tiempo, a un estado de malestar, de infelicidad y de conflicto interior que te robará la alegría de amar.
Tendrás, sin saberlo, un enemigo que te llevará a no creer nada de nadie, y a perder incluso la capacidad de confrontarte a la verdad. Te alejará de todo aquello que es verdadero, leal y honesto para intentar hacer mejor tu trabajo. Y si crees que el secreto sea pasar de una cama a otra…buscarás otro, y luego otro, y luego otro, y luego otro, hasta cuando tu alma cansada, se alejará de tu cuerpo dejándote sola para satisfacer tus instintos básicos y animales que no te darán ni la felicidad, ni el amor que tú buscas. El corazón y el alma necesitan su tiempo, aunque nunca lo has entendido.
A veces es importante saber estar solos para no entrar en una espiral que te destruye, para depurarse y alejarse de aquellos que no pueden entender lo que vive dentro de ti, pero sobre todo, para tener la fuerza de no regalarse al primer postor. Y tener respeto por el propio cuerpo, por la propia alma, por la propia persona, que a veces necesita la soledad para entender mejor lo que está sucediendo alrededor de ella.
No puedes regalarle a nadie lo que tu alma siente, no puedes regalar a nadie esos momentos dolorosos que deberían ser solo tuyos, así como no puedes regalar a nadie los gestos, las palabras, los besos, las lágrimas, los abrazos, y los instantes profundos que compartías con quien amabas. No puedes regalarlos al primero que se presenta, ni darlos con facilidad a quien no entiende su valor. Todas las personas que tienen fácil acceso a sus sentimientos más profundos, y los ceden a cualquiera, no valen nada, porque interiormente están vacías.
Ese patrimonio precioso que reside en el fondo de una persona, debería ser tuyo y solo tuyo.
Pero si no sabes estar sola, si no entiendes que la soledad es el campo de la reflexión, tendrás siempre a alguien para tapar los agujeros de tu soledad, pero nunca serás feliz. Porque éste alguien, casi siempre, por una ley de la vida, no será capaz de darte lo que necesitas o lo que tu alma busca. La alegría, la felicidad, el amor, que sirve para hacer latir al propio corazón. Un corazón que quiere amar y ser amado.
Te acostumbrarás a vivir en esa mediocridad, donde no estarás ni bien ni mal, e irás hacia adelante renunciando a ese sueño, al sueño que soñábamos juntos y queríamos hacer realidad.
No, no podré perdonarte nunca, porque no has entendido a quien tenías a tu lado, no lo has defendido nunca, no lo has respetado nunca, no te has preocupado nunca por su dolor, no te has parado ante nada para satisfacer tu egoísmo, pero sobre todo, y de esto estoy seguro, no lo has amado nunca. Y si un día, lejos de todas las estupideces que te rodean, recordará mis palabras, la música que escuchábamos juntos, el vino que bebíamos tumbados en el sofá, lo que yo te decía cuando te hablaba, los momentos que hemos compartido y cuanto hemos reído y llorado juntos, si recordará las sensaciones verdaderas que sentíamos el uno por el otro, lejos de las mentiras que han hecho solo que destruir…destruir…y solo destruir, será para mí un gran alivio, porque significa que te habrás convertido en una mujer.

Pero, como todo aquello que siempre te he dicho, y también lo que te he escrito en estas pocas líneas, lograrás olvidarlo fácilmente y deprisa. Sin mirar atrás.
Porque tú eres así, porque tú actúas así, porque tú vives así, y así no podrás cambiar nunca.
Adiós querida, que te vaya bien con tu nuevo amor, y con los viejos que sigue manteniendo, con quien harás las mismas cosas, dirás las mismas palabras, llorarás a lo mismo modo, y tendrás las mismas actitud, sin nunca llegar a entender la diferencia que existe entre un hombre y otro….
Buen viaje con tuna tour…
Y el alma pregunta.

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Video…Una noche

 

Mi libro «Amor y algo más» ya está disponible en Amazon. Podéis descargarlo y leerlo en el siguiente enlace:

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Espero que os guste y que lo disfrutéis, porque este libro no habría sido posible sin vuestro apoyo constante e incondicional, sin vuestros comentarios y palabras de ánimo, que, en muchas ocasiones, me han llegado a lo más profundo del corazón, en definitiva, sin vuestro cariño que me ha acompañado tanto en los buenos como en los malos momentos.

Os agradecería que me dejarais una pequeña recomendación en la página de Amazon para que más lectoras puedan descubrir el libro. Y recordad que también podéis leer el libro en vuestro ordenador portátil o de sobremesa, con el Kindle Cloud Reader:

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